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sábado, 27 de febrero de 2010

experimentos con gaseosa #6

caldo de gallina

será un secreto amor será un secreto
del alba al resplandor de tu mirada
lo cuanto que te cuento cuanto te amo
lo mucho que por mucho nos queremos
secreto amor secreto será el aire
que cruce de mi vértigo a tu blusa
el blues secreto de los siempre amantes
del caldo de gallina de mi alma

sábado, 13 de febrero de 2010

experimentos con gaseosa #5

 

Tanka

mientras diluvia
el corazón que arde
entre las sábanas
me conservas caliente
entre tus palpitares

martes, 9 de febrero de 2010

experimentos con gaseosa #4

Laberintos Soñados en Otros Nombres
Sueña el soñador con ser Carlos Edmundo
Duerme la marea sobre una caracola y sabe
Que sube la marea de un poema u otro
Laberinto
Y siendo todo igual a la suma de los partes
Metereológicos del alma habré de confesarme
Que sueño con un soñador que se relame
Debajo de la sombra de un soneto
Partido en dos y sueño que mi nombre
A veces
Soñaría con ser Carlos Edmundo

lunes, 7 de enero de 2008

silencio, silencio, silencio

SEXTINAS DEL SILENCIO RUIDOSO

DEL CANTAMAÑANAS VIRTUOSO

Corríjanme las faltas,

Perdónenme las prisas;

El que esto suscribe canta,

Con un siete en la camisa,

Con un nudo en la garganta,

Al filo de la cornisa.


Perdonen la ortografía,

Discúlpenme la tristeza;

Al cabo de la homilía

Del culto de la incerteza

Me sobran melancolías

Anidando en la cabeza.


Desguacen las incoherencias

Del sello de mi recibo;

Colijan que la impaciencia

Que engatusa mis estribos

Se ceba con la inclemencia

Del puro acoso y derribo.


Cuando la noche me birle

El reloj y el pasaporte

Y me empeñe en escribirle

Sextinas de picatoste

No tengo ni que decirles

Que habré perdido ya el norte.


Cuando el futuro se vaya

Rumbo al carajo sin frenos

Y venga el hambre canalla

Que me hace echarla de menos,

Entiendan que el hombre calla;

El poeta habla del cieno.


Es el poeta el bocazas,

Es el cantante el que grita,

Es el que ama el que caza

Nones de las margaritas.

Es el bribón, el manazas,

El que de miedo tirita.


Y si me lanzo al vacío

Rotundo de mi silencio

Comprendan que no es el mío

El kilo de kilohercios

Que llega desde el hastío

Gritando un tequiero necio.


Alter ego despistado,

Excomúlgame el mal karma;

Déjame estarme callado

Al filo cabrón del arma

Que me mantiene sedado

Clavado en la cruz del alma.


El megáfono del miedo,

Desde el embudo tapado

Del quiero pero no credo,

Manténgase ahora cerrado

Por más que duela mi enredo;

Por más que escueza el pasado.

DÉCIMAS DE FIEBRE

(DATO POR LIEBRE)

Por no sentirme tan tal

Como el cual que has redimido

Me entierro en el Orfidal

Matasanos del olvido.

Cuando me arde el corazón

Y la sangre se dispara,

El tango que me acibara

Es el del tiempo perdido

Del cuento que me contó

Aquél sonetista herido.


Con tres décimas de fiebre

Te vendo dato por liebre.


Prometo portarme más

Regular que bien contigo,

Mudarme a Siemprejamás

En el barrio de tu ombligo.

Me sabe a sangre el sudor

Enfermito de tu ausencia.

Bendita puta impaciencia

Que destroza los postigos

Y hace subir el calor

De todo lo que no digo.


Más calentito que frío.

La fiebre, tú y yo, ¡qué trío!


El miedo es un rocanrol

Absurdo, gris y postizo,

Pero el blues del desamor

Es mi hermanito mellizo.

Mañana ya estaré bien,

Bien dentro de lo que cabe.

El que habla es el que no sabe

Callar el horror mestizo

De tener lejos la piel

Del alma que me deshizo.


Tres décimas de miedos…

Y todo me importa un bledo.


COPLAS DE PIE QUEBRADO

DE UN CALIXTO DEFENESTRADO

CON MUSIQUILLA TRISTE DE FADO


Hoy los fados antiniebla

De todo lo que vivimos

Parpadean

Porque mi guitarra tiembla

Al ver el sagrado mimo

Que escasea.

El mundo es una quimera,

Un ruego fatuo indolente.

Necesito

Saber que sé que me esperas

Que sepas que late fuerte

Y exquisito

Un corazón chamuscado

Bajo el peso de tus besos,

Encantado

De andar de tu alma engarzado

Deseando salir ileso

De este fado


(Descastado.)

jueves, 27 de diciembre de 2007

esta tarde voy a creer en dios un rato

Dios sería ese acorde que no suena

Y que tanto ritmo me concede

Dios sería un árbol con barbas

Un supositorio de alegría

Cuando la tarde se muere

Estaría Dios sentado en una sima

Inventando la letra sigma

Confundido con el alfa y el omega

Dios me daría besos con lengua

Me abrazaría con sus velludos tentáculos

Dios lamería el horizonte

Para alimentarse de sus colores

Arrancaría flores

Que luego injertaría en su entrecejo

Dios me observaría de lejos

Y sentiría cierta envidia

Al descubrir mi nihilisciencia

Y mi impotencia creacionista

Dios hablaría con una manzana

Y robaría el tabaco de los pobres

Administraría mis lágrimas

Congelaría mis gestos

Inventaría secretos para luego venderlos

En un mercado negro de versiones

De discos piratas de John Lennon

Dios vendría vestido de piconera

Para demostrarle al mundo su soberanía

Y me invitaría sin permiso

A todo el alcohol que pudiera beber

Contemplaría mis sueños

Resucitaría al Freud del entretiempo

Inventaría crucigramas

Que no podría resolver después

Escribiría canciones

En tonos demasiado altos para él

Dios inundaría el mundo

De leche hirviendo

Y luego se convertiría en galleta

Y haría submarinismo

Para pescar poemas de arena

Dios sería una nube de gasolina

Una lluvia de oro

Una victima de un atraco

Un cuchillo con retroceso al revés

Dios se olvidaría de sí mismo

Y se dejaría abandonado

Inventaría el divorcio

Y mataría a Trinidad

Dios viviría en México

Y comería tanto picante

Que sus gases serían terremotos

En el país de los gigantes

Dios le preguntaría a un gato

El porqué absoluto de las cosas

Se haría político para perder elecciones

Que luego amañaría

Susurraría en mi oído

Blasfemias irreproducibles con palabras

Sería una mancha de tinta

Perdida bajo una mancha de barro

Dios usaría pantalones largos

Para no exhibir sus delgadas pantorrillas

Dios sorbería sus mocos divinos

Y pasaría años sin reconocerse en los espejos

Irradiaría una funesta luz verde

Como una farmacia ambulante

Un estruendo insoportable le acompañaría

Eco de todos los pasos que ha dado

Y que recuerda

Hipnotizaría a los mercaderes

Y luego les cortaría las orejas

Dios sería esquizofrénico

Disléxico, anoréxico y ninfómana

Practicaría el canibalismo

Se lamería el escroto en público

Tendría carné de socio de todas las discotecas

Su oreja izquierda sería de cera

Dios contaría las monedas

De sus bolsillos rotos una y mil veces

Antes de dejarle propina a un sonriente camarero

Entendería de soldadura

Y fabricaría barcos en Astilleros

Contaría las astillas de todos los árboles huecos

Se sacaría los ojos antes de dormir

Y los colocaría sobre una mesita de noche

Llena de cajas vacías de medicamentos caducados

Sonreiría

Lloraría

Masticaría excrementos y los escupiría

Se enfadará con todas las moscas del mundo

Tendría un coche con motor de cartulina

Se presentaría a mil concursos

Y se inventaría las respuestas

Se suicidaría cada noche antes de acostarse

Y cada mañana tras el desayuno

Afeitaría una barba que inmediatamente volvería a surgir

Amaría a las gaviotas

A las ratas y a las hienas

Practicaría el tiro al plato

En el salón de la casa que no puede pagarse

Haría aviones de papel teledirigidos

Con las facturas de su psicoanalista

Como buen anfitrión

Invitaría a cenar a su casa

A Lenin, Machado y Cervantes

Y luego de los postres los acribillaría

Escupiendo pepitas de oro

Convertiría la sangre en ginebra

Maltrataría a las mujeres

Aburrido de ser dios comería mosquitos

Y se atragantaría con sus aguijones

Cambiaría cada tarde el tamaño de su pene

Vomitaría en los coches

Robaría los felpudos de “bienvenidos”

Y en su lugar plantaría campos de trigo

Dios sería un poeta loco

Un cantante ambulante

Una bailarina de salón violada

Un niño de ocho años jugando con una apisonadora

Se afeitaría las pestañas

Trituraría sus uñas de mármol

Tendría un perro llamado Cuba

Disfrutaría como un niño masturbándose en los cines

Llevaría una cruz colgada del pecho

Se haría un esmoquin de piel de serpiente

Bautizaría de nuevo a todos los niños que Se llamasen Jesús

Y los llamaría Carlos Edmundo

Leería las páginas amarillas una y otra vez

Y compulsivamente llamaría a todos los números

Para jadear lascivamente y luego colgar

Usaría gafas oscuras

Regalaría rifles a los mancos

Y flores a las señoritas bien parecidas

Inundaría de insectos los autobuses

Sumaría todos los números de la primitiva

E invertiría todos sus ahorros en armamento

Forjaría alianzas con los espejos

Crearía nuevas especias animales

Uniendo osos con arañas, lavadoras y seres humanos

Alimentaría a los gorriones

Se casaría con un hombre por la iglesia

Y tendría siete hijos negros con una cabaretera

Bailaría twist bajo la lluvia ácida

Enseñaría la calavera en las fotografías

Sacaría la lengua en las radiografías

Dios se sentaría en los bares para sonreírle a las tragaperras

Se pondría tetas de silicona

Escribiría aikus en sobres de azúcar

Le lamería el culo a los perros

Y luego, inspirado, escribiría una obra de teatro

Mataría a todos los médicos

Y luego los resucitaría como electricistas

Dios sería miope y usaría un catalejo

Dios vendría cada noche

Con una novia distinta

Una droga distinta

Y una metáfora distinta bajo sus zarpas de terciopelo

lunes, 8 de octubre de 2007

actos inexplicables

El sol se cierne sobre las áridas lomas de arena quemada que rodean Útero. Nadie esperaría encontrar sombra en sus calles ni en el desierto que la rodeaba por todas partes. Nadie habría sobrevivido nunca al desierto. Tan solo poner un pie en su arena podrida y habrían muerto de sed y calor. Solo un paso. Una bota sobre el suelo movedizo y ¡zas!... la muerte del incauto. Repentina y vil.

Pero Él venía del desierto. Las mujeres y los niños, situados en el extremo de la ciudad más cercana al mar de arena, junto al pozo y la iglesia, miraban atónitos la sombra del vaquero proyectada contra el sol.

Él vestía de negro. Era el único color que era capaz de apreciar aparte del blanco y el gris. Solo vestía de negro y ése y el marrón del polvo y la arena que le cubrían eran las unicos tonos diferenciables en su ropa.

Sus dos pistolas tintineaban junto a sus caderas, reluciendo. La calavera plateada de la hevilla de su cinturón mandaba guiños a los ciudadanos que le observaban llegar. La katana se movía en su espalda al paso cansado de su caballo, Górgona, también negro. En sus ojos relucía la muerte, la arena y el silencio que le había acompañado en los tres días que había pasado recorriendo el desierto.

Escupió a un lado y se detuvo frente a la entrada de Útero, junto a La Loma Lengua.

Fue solo un segundo, pero todos vieron que su sonrisa, bajo la sombra del ala de su sombrero, era roja como la sangre roja. Y a la vez blanca, como la hoja de su katana al surcar el viento.



-Hemos llegado, Górgona- dijo.



Y el caballo relinchó sobrecogiendo a todos los ciudadanos.